Louise Farrenc (1804-1875)

Comienzo, por orden de nacimiento, una serie de artículos con un elevado número de compositoras, grandes y olvidadas de las programaciones habituales. La sorpresa seguramente será enorme y al mismo tiempo muy frustrante, ya que un legado compositivo de tanto valor, silenciado solo por una cuestión de genero, deja claro que la
historia ha sido mezquina, falsa y traïdora consigo misma. Para mi es un enorme placer escuchar tanta obra maravillosa, ignorada en los catálogos habituales sobre compositores.

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Este artículo lo protagoniza la compositora francesa Louise Farrenc, nacida en 1804. Ella fue pionera y precusora del renacimiento musical francés durante la segunda mitad del siglo XIX. Farrenc fue también una gran pianista, que ejerció en el Conservatorio de París, formando a intérpretes que luego serían concertistas. Con la colaboración de su marido, Aristide Farrenc hizo una enorme labor, haciendo revivir música del pasado (de los siglos XVII y XVIII), sobretodo ante problemas de estilo a través de sesiones históricas con sus alumnos.

Louise Farrenc tuvo grandes maestros como Ignaz Moscheles y Anton Reicha. Su catalogo compositivo es fundamental: obras para piano en especial los Etudes escritos entre 1825 y 1839 (Aire Russe Variée, de 1836), tres sinfonías terminadas en 1840 y estrenadas en Paris, Copenhagen, Bruselas y Ginebra. En 1844 escribe dos tríos con piano, luego -entre 1848 y 1858- compone dos sonatas para violín y piano, otra para violonchelo, un noneto para viento y cuerdas y un sexteto para piano y viento. Su Noneto es la obra que le llevó a la fama, ya que contó con una celebridad en la parte de violín, como era el violinista Joseph Joachim.

Louise Farrenc recibiría por parte del Instituto de Francia el Premio Chartier, por su contribución a la música de cámara. Fue en los años 1861 y 1869.




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Fanny Mendelssohn y Clara Wieck

FANNY MENDELSSOHN
La relación de Fanny con su hermano Felix fue muy estrecha. Ella era cuatro años mayor que él. Ambos hermanos “jugaban” con la música, se intercambiaban partituras, temas y todo tipo de ocurrencias. Pero, más tarde, su situación dio un giro inesperado.

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Hijos de un rico banquero judío, vivían lujosamente en un tipo de sociedad paternalista, que influyó en la familia Mendelssohn. La cuestión es que el joven Felix, en detrimiento de Fanny -por ser mujer-, tuvo un apoyo ilimitado, con viajes continuos y multitud de ocasiones para perfeccionar su arte, dirigiendo y dando conciertos como pianista. Por el contrario, Fanny a los 14 años la obligaron a continuar su futuro como madre y como esposa, siguiendo las normas de su clase social privilegiada. Los conciertos públicos, o la publicación de sus obras, no formaban parte de la actividad femenina. Pero sí que se organizaban veladas en su casa de Berlín, a las que acudían personajes y músicos conocidos. Allí es donde Fanny tenía su campo de acción. Así, a partir de 1820, se celebraron las Sonntagsmusiken.

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Ella dirigía un coro de 20 cantantes y a la Orquesta de la Hofkapelle: oratorios, extractos de óperas, además de interpretar música de cámara o recitales ella sola, con todo tipo de obras, especialmente de Bach, Beethoven y de su hermano Felix. Pero el evento principal de estos conciertos fue la puesta en escena de la Pasión según San Mateo de Bach. La puesta en escena de la Pasión de Bach fue un acto solemne y testimonial, que tuvo lugar en Berlín en 1829, y que reunió jóvenes poetes, filósofos y científicos, además de la presencia de su hermano Félix que tenía con Fanny una relación de admiración recíproca. Félix se movía en la escena pública y Fanny en su reducto privado.

A partir de 1831, Fanny pasó por un gran momento creativo, con la composición de tres cantatas con dos solistas vocales, un coro en cuatro partes, la orquesta con timbales. La obra posteriormente se titularía Oratorio sobre escenas de la Biblia, estructurada en un total de 13 movimientos. Como pianista, Fanny fue extraordinaria. Para la historia ha quedado la proeza de interpretar de memoria, con tan solo 13 años, los 24 preludios de El clave bien temperado, de Johann Sebastian Bach, en una de las audiciones realizadas en su casa de Berlin.

Más adelante Fanny viajaría hasta Italia. En Roma pasaría junto a su marido -el pintor Wilhelm Hensel- los días mas felices de su vida, ya que fue acogida por músicos italianos con gran entusiasmo y admiración.





CLARA WIECK
Bien distintos fueron los inicios de Clara Wieck, la más famosa pianista del romanticismo. Su padre era un conocido pianista y maestro en Leipzig. Se llamaba Friedrick Wieck e hizo de Clara un verdadero prodigio. Con tan solo 5 años, Clara ya tocaba de oído, y su padre la animava a transportar pequeñas obras que improvisaba a partir de temas propios. Comenzó a actuar en público a los 9 años, impactando al propio Goethe, que admiró su capacidad para ejecutar su Scherzo opus 10, con distancias de décimas, una extensión entre notas casi imposible para su corta edad. También destacó el gran escritor la fuerza de sus manos que comparó con “la fuerza de siete jóvenes juntos”. Pero la imagen de Clara Wieck iba acompañada también de cierta tristeza, que le daba aún un conmovedor misticismo romántico.

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Se formó con una gran exigencia, dado el carácter intransigente de su padre. Comenzó a escribir su Concierto para piano y orquesta opus 7 a los 13 años y lo estrenó a los 16, en noviembre de 1835, en la Gewandhaus de Leipzig, con la orquesta que dirigía Mendelssohn, compositor que sentía una gran estima por ella. La obra era como el relato de una joven virtuosa de clara vocación compositiva. Pronto aparecerá también la figura de Robert Schumann, lo que le supuso un cambio de vida substancial.

Schumann se enamoró de ella y entre los dos hubo una correspondencia “secreta”, debido a la oposición de su padre, Friedrick Wieck. Se casaron el 12 de septiembre de 1840. A partir de entonces, su vida fue otra. Nueva residencia y nacimiento de las dos primeras hijas, en 1841 y 1843. Su dedicación a la composición cambió por completo. Schumann influyó en su obra y los lieder pasaron a ser la composición preferente, limitando también a partir de entonces sus actuaciones como concertista. En su diario escribió: “…no practico el piano todo lo que debería, siempre sucede lo mismo cuando Robert está componiendo. ¡En todo el día no me queda ni una sola hora libre para mi! Y también he tenido que renunciar a la lectura de partituras”.

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Es muy importante que haya elegido estas dos grandes pianistas y compositoras ya que, al estar unidas a dos nombres célebres del romanticismo, aumenta el valor de su empeño creativo. Ellas también serían relegadas al silencio, como ocurrió con todas las demás compositoras que forman un corpus todavía por descubrir.





Las mujeres compositoras

Estos últimos meses me he dedicado a las violinistas olvidadas y ahora es el turno, nada menos, que de las compositoras. Conocía algunas pero reunidas todas ellas en un mismo listado produce una impresión muy grande. ¿Cómo es posible? Y pensar que de la mayoría de nombres no dice absolutamente nada. Una lista que reune unas 100 compositoras, a lo largo de más de tres siglos de historia. Es sin embargo un “listado secreto”. Dentro del sinfonismo, en la orquesta sinfónica, hay una norma. Una norma que hace ya tiempo que es LEY. Dice que la historia compositiva està formada solo por unos quince grandes nombres, que van básicamente de Mozart a Shostakovich. Naturalmente solo hombres. Esta base es inquebrantable y debe ocupar, como mínimo, el 60 por ciento del programa entero. Cuando digo esto, pienso en nuestro país, salvo alguna excepción. Un nombre desconocido es mala cosa. Las principales sinfonías y conciertos serán repetidos sin límite. Ninguna obra de un intruso será programada. Y cuando hablo de intruso me refiero a cualquier autor fuera del círculo habitual. La obra de compositores locales irá siempre colocada donde menos moleste a la obra póstuma. También de intrusas se considera a las mujeres compositoras. Una obra femenina es una rareza. El listado al que antes me refería, con la gran mayoría de nombres desconocidos, tiene una sencilla explicación. El hombre ha sido el principal culpable de que exista un “listado secreto”. Él ha sido quien ha robado la libertad de la mujer, relegándola a un silencio total, impidiendo durante años su dedicación a la composición. Su lugar era de orden doméstico. Prohibir su realización a nivel cultural o despreciándola en su voluntad de creadora. El objetivo se logró. Las orquestas sinfónicas casi nunca o nunca programan obras de compositoras. El listado es SECRETO.

Sir Thomas Beecham en su día pronunció una célebre frase que parece ha tenido su efecto. Dijo: “Nunca han existido, ni existen, ni existirán, mujeres compositoras”. Mi trabajo consistirá en aportar información de las compositoras nacidas hacia 1800 hasta las primeras décadas del siglo XX, pero sobre todo adjuntando grabaciones de sus obras, que a día de hoy se pueden encontrar fácilmente en el portal YouTube. Antes, sin embargo, debo referirme a varias compositoras que fueron extraordinarias en el pasado. Autoras del Renacimiento tardío y del Barroco, de las que también se pueden encontrar excelentes grabaciones en internet.

ALGUNOS NOMBRES DEL RENACIMIENTO Y EL BARROCO
La italiana Francesca Caccini (1587-1640) está considerada una de las primeras compositoras de la historia. Era de Florencia y estuvo ligada a la Corte de los Medici. Era el centro creativo más importante del mundo. El 3 de febrero de 1625 estrenó la ópera La liberazione di Ruggiero. La también italiana Maddalena Casulana (1544-1590) fue una célebre cantante y experta en el laud. Publicó sus propias composiciones especialmente los madrigales. Otra italiana fue Isabella Leonardi (1620-1704), que se especializó en
música instrumental. Era Abadesa del Convento de Santa Ursula, en Novara. Escribió los Salmos para il Vespro della Beata Vergine di Loreto.

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Francesca Caccini

A Elisabeth Jacquet de La Guerre la tenemos que situar en París (1665–1729), en el reinado de Luis XIV. Escribió sonatas para clave y violín y destacó por una bellísima voz. Maria Margherita Grimani fue una monja agustina activa durante años en Viena. Compuso la ópera dramática Pallade e Marte, que se representó en Viena durante el aniversario de Carlos VI, el 4 de noviembre de 1713. Ana Amalia de Prusia (1723–1787) era hija de Federico Guillermo I de Prusia. Su padre la atormentó de manera despiadada, ya que de ninguna manera quería que su hija fuera compositora. También compositora fue Marianne von Martinez (1744–1812), discípula de Joseph Haydn que la llamaba “la pequeña española”. Además de compositora, fue cantante, musicóloga y pianista. Compuso misas, el Salmo 113 para coro y orquesta, y una Sinfonía en Do. De la misma época es Maddalena Laura Sirmen (1745–1818), violinista y compositora italiana nacida en Venecia. Fue discípula de Giuseppe Tartini, que la apoyó en todo momento. Escribió un excelente Concierto para violín, que estrenó con mucho éxito en Londres.

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Elisabeth Jacquet de la Guerre

Marie Emmanuelle Bayon (1746–1825) tuvo una gran actividad e influencia en Francia. Su carrera es interesantísima. Compuso música para obras teatrales, además de dos óperas. Era polifacética, y fue muy admirada por destacados hombres de la Ilustración francesa del siglo XVIII, además de por reconocidos compositores extranjeros. El listado de estas pioneras podría ser más largo, pero creo que ya es suficiente ya que de todas las que he nombrado se encuentran, como decía antes, excelentes grabaciones, que en el fondo es lo más importante. Además, hay literatura especializada sobre el tema. Una de las últimas novedades, de gran interés, es la que acaba de publicar la Editorial Acantilado bajo el título de Armonias y suaves cantos. Las mujeres olvidadas de la música clásica, cuya autora es la inglesa Anna Beer. Su libro es excepcional. Muy recomendable.

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LAS COMPOSITORAS DEL SIGLO XIX
Iniciaré a partir de ahora, una serie de artículos dedicados a las mujeres compositoras con dos nombres relevantes: Fanny Mendelssohn y Clara Schumann, que precisamente convivieron con dos de los grandes compositores del romanticismo: Felix Mendelssohn y
Robert Schumann. Es desagradable e incomprensible que dos de los compositores que mas adoramos y escuchamos hayan tenido precisamente una conducta egoísta enfrente a las dos mujeres citadas.

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Fanny Mendelssohn

Fanny y Clara fueron dos grandísimas pianistas pero también compositoras desde la edad más temprana. Las dos facetas iban en paralelo. Tenían además una preparación musical muy sólida, adquirida con los maestros Zelter y Wieck (el padre de Clara), respectivamente. Pero las dos facetas que iban en paralelo sufrieron un contratiempo que vino directamente de los compositores mencionados. En el caso de Felix Mendelssohn, también hay que añadir la intervención de su padre, Abraham Mendelssohn Bartholdy. Ni Schumann aceptaba tampoco que Clara fuera también creadora. Fanny, dado su nivel de vida muy alto, debía de seguir con las normas habituales centradas en el hogar. Sentirse mujer, madre y realizar su actividad artística en el hogar. Sin embargo, ambas siguieron componiendo, en especial piezas para piano y música de cámara. Fanny, a partir de 1820, organizaría en su lujoso domicilio los conocidos conciertos Sonntagmusiken, que llevó a cabo hasta casi el final de su vida.

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Clara Schumann

Ginette Neveu (1919-1949)

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Fue una niña prodigio que con tan solo siete años y medio se presentó en la Sala Gaveau de París, interpretando el Concierto en sol menor de Max Bruch. En 1928 obtiene el Primer Premio de Honor de la Ville de París. Era discípula de Jules Boucherit y luego estudió con Georges Enesco. Estudió también composición con Nadia Boulanger. Pertenecía más o menos a la generación de las violinistas rusas que, todo y formar parte de una escuela distinta, tiene rasgos en común. Sobriedad en la interpretación y una técnica muy sólida y de sonido concreto. El violinismo llegaba al momento más alto. Ginette Neveu tocaba con autoridad, sin afectación, fraseo cálido y sin rigidez. Su sonido era potente y amplio. Su cantabile, emocionado y sincero. Era todo esto. Pero la vida fue cruel con ella. A los 30 años desapareció junto a su hermano Jean, al estrellarse el avión en el que viajaban. Era el día 28 de octubre de 1949. Yo tenia solo 14 años y lo viví con una tristeza infinita. Conocíamos ya su interpretación del Concierto de Sibelius que escuchábamos con tanta admiración. Era ya un máximo referente. También porqué sabíamos que en 1935, el año en que nací yo, ella obtenia el Primer Premio del recién inaugurado Concurso Wieniawski en Varsovia, y que David Oistrakh quedaba en segundo lugar. Su muerte nos parecía una injustícia enorme. Éramos jóvenes y fue como arrebatarnos algo nuestro. Pero la vida siguió y a su Sibelius le seguirían todas las grabaciones que fueron apareciendo y que hoy constituyen un tesoro único. Es ella.

Ginette Neveu debutó en Nueva York el año 1937 con gran éxito interpretando la Chacona de Bach y la Sonata para violín y piano de Richard Strauss, obra de la que, por suerte, hizo una grabación extraordinària. En 1945 debutaba en Londres, con el Concierto de Brahms y la orquesta de la BBC, y en 1946 grababa en los estudios londinenses de Abbey Road Tzigane de Ravel con su hermano Jean, la maravillosa versión del Nocturno de Chopin, la Danza de La Vida Breve de Falla y el famoso Hora Staccato arreglado por Jascha Heifetz. De esta última pieza, Neveu realiza una versión única. Y también en 1946 obtendría un éxito triunfal en el Albert Hall con la Philharmonia Orchestra y el Concierto de Sibelius. En 1947 volvió a América para tocar el Concierto de Brahms en Boston y Nueva York. El éxito fue enorme. Y en 1949 ya solo tocaría con la Orquesta Halle de John Barbirolli los conciertos de Beethoven y Sibelius. Un último recital en París, en la Sala Gaveau, acompañada de su hermano Jean. Ocho días más tarde vendría la tragèdia. Y aquí acaba su historia.

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Decir solo que Ginette Neveu, junto con Erica Morini e Ida Haendel (todavía en vida), son las únicas violinistas de finales del siglo XIX y hasta los años 40 del siglo XX que aparecen como las grandes violinistas de la historia en la mayoría de diccionarios especializados o libros sobre grandes intérpretes, de los que poseo algunos de los más conocidos. Injusticia imperdonable que motivó mis escritos sobre mujeres violinistas que nunca deberían haberse olvidado y que por suerte las grabaciones dan testimonio de su gran calidad. Ahora al dar por terminado una visión que tiene por finalidad denunciar el lamentable olvido, sigo con la discriminación de la mujer en la música para abordar la mujer compositora un tema igual o más grave que el de la interpretación. Poseo un largo listado e intentaré que para junio comenzar a publicar mujeres compositoras que nunca deberían haber sido olvidadas.

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GRABACIONES
Desgraciadamnte no está todo lo que nos hubiera gustado. Faltan algunos grandes conciertos, obras virtuosísticas, sonatas, etc. Pero es lo que hizo. Con solo 30 años de vida puede considerarse una muestra importante y suficiente para valorarla de manera profunda. Su versión del Concierto de Sibelius provocó una enorme admiración. Nacía una nueva estrella. Luego vendrían los Conciertos de Brahms y Beethoven. Las sonatas de Debussy o la Tercera de Brahms, y también un pequeño número de piezas sueltas que son un encanto: la Sicilienne de Paradis, la transcripción del Nocturno de Chopin o el chispeante Hora staccato de Heifetz, que ejecuta de manera genial. Pero sobretodo destaco el Poème de Chausson, del que hace una creación.De esta obra aconsejo escuchar y ver el fragmento final, que se puede considerar como un testamento. Por suerte està filmado, filmación que se considera un tesoro histórico: Ginette, en el registro agudo, emite dolcemente largos trinos, la orquesta es etérea y la violinista fija sus ojos al director de orquesta como si fuera el centro de la obra. Una mirada fija y extasiada. No está en este mundo. Es una imagen para el recuerdo.





Cuatro grandes discípulas de Oistrakh

De Rusia emergieron una gran cantidad de violinistas durante el siglo XX. Pero no se supo hasta que finalizó el régimen estalinista. Poco antes, y con Stalin Rusia, había unos pocos intérpretes que eran los representantes oficiales de cara al extranjero: Emil Gilels, Mstislav Rostropóvich, Leonid Kogan, David Oistrakh, Sviatoslav Richter y poco más. Cuando el país se abrió, fue como una especie de revolución musical. Pianistas, violinistas y violonchelistas surgieron a docenas y de un nivel que dejó perplejo al mundo entero. Entre estos había un buen número de mujeres violinistas, que impresionaron por su virtuosismo, a la vez que por sus cualidades musicales. Eran nombres femeninos que han ido muriendo. Los dichosos medios de comunicación, e incluso diccionarios o revistas especializadas, como el conocido Dictionaire des Interprètes de Alan Paris -que se renueva cada 10 o 15 años y que tiene la pretensión de ser un diccionario riguroso-, las ha eliminado. Una vergüenza. Por suerte nos quedan sus grabaciones, algunas de ellas a partir de conciertos en directo. Un material que lo dice todo y que refleja la actitud antifemenina en pro de los varones. Me duele enormemente y me asquea profundamente. Voy ahora a por cuatro de las violinistas que fueron discípulas de David Oistrakh en el Conservatorio de Moscú: Rosa Fain, Olga Parkhomienko, Nina Beilina y Wanda Wilkomirska.

ROSA FAIN (1929)
Esta violinista nació en Odessa, de donde también era originario David Oistrakh, y el maestro de éste, Piotr Stoliarsky. Su gran pero algo breve carrera concertística fue a partir del año 1957, cuando obtuvo el Gran Premio del Concurso Henry Wieniawski de Poznan (Polonia). Su sonido, así como también el de las otras tres violinistas antes mencionadas, es extraordinariamente bello y aterciopelado. El arco es una de las grandes características. Actúa como un resorte. Aún recuerdo que, cuando Oistrakh vino a Barcelona en los años 50, mi maestra Rosa García Faría me decía que Oistrakh pasaba el arco dando la sensación de que su brazo era de goma. Efectivamente, su elasticidad era total. Y esta técnica, que es la base del sonido, se encuentra igualmente en las cuatro violinistas que he propuesto. Debo decir algo importante. Es sabido que los profesores de música rusos eran gente muy entregada y a la vez excepcionales. Cuenta Rosa Fain en el Jerusalem Post, que siempre le quedó grabada una escena que vivió con su primer maestro, Piotr Stoliarski, con el que empezó a estudiar a los cuatro años. Según cuenta, Stoliarski buscaba niños talentosos por la calle. Niños que no sabían lo que era la música pero que, por su aspecto físico, intuía que podían ser buenos violinistas. Cuando observaba a los niños se dirigía a sus padres diciendo: “Su hijo tiene unas manos
maravillosas. Simplemente deben enseñarle música”.

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De Rosa Fain se encuentran algunas grabaciones históricas. Tres de ellas son realmente excepcionales. Por un lado la del Segundo Concierto de violín de Wieniawski, obra con la que obtuvo el Premio Wieniawski. También una bellísima grabación de la Introducción y rondo caprichoso de Saint Saëns, con la Orquesta del Estado de la URSS, dirigida por Kondrashin. Y, finalmente, música de Locatelli para violín solo, pieza que gustaba mucho a su professor David Oistrakh, y que precisamente tocó en Barcelona de bis tras interpretar el Concierto de Beethoven.



OLGA PARKHOMIENKO (1928 –2011)
Otra violinista Laureada en el Concurso Wieniawski. Año 1952. Luego laureada en París y Salzburg. Extravertida y sonido pujante. Tono algo alegre però sentimental. He escogido dos grabaciones: la Sonata nº de Prokofiev que toca con ritmo persuasivo haciendo gala de unos contrastes entre lirismo y “grazioso” y toda ella resuelta con firmeza. Una gran versión. A su lado he puesto una famosa pequeña obra de Fauré: su Berceuse op. 16. Es como una canción de cuna que la violinista la recrea con toda sutilidad.

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NINA BEILINA (1937)
Nacida también en Odessa. Gran carrera la de esta violinista. Posee brillo, firmeza y un tono a veces inmaterial. Fue una de las grandes violinistas de la Unión Soviética y también de los Países Escandinavos. Viajó y tocó en casi todo el mundo. Y en 1997 decidió instalarse en los Estados Unidos. Allí tocó conciertos de solista con las principales orquestas: Nueva York, Chicago, Detroit… Tenía en su poder importantes premios, conseguidos en concursos de Paris, Bruselas y el Tchaikowski de Moscú. El New York Times dijo de ella: “Una violinista de gran poder. Sonido poderoso y tan enorme que parece épico. Su afinación es infal·lible”. De sus grabaciones destaco el Concierto en La Mayor de Mozart, con la Rai de Turín. Una gran versión. La pieza para violin y piano Nigun de Bloch, un canto hebreo que interpreta con toda pasión. Y el Capricho nº 2 de Paganini, que toca con una nitidez extraordinària. Una muy importante y personal versión.

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WANDA WILKOMIRSKA (1929- 2018)
Esta gran violinista polaca estudió con Irena Dubiska en la Academia de Música de Lodz. Luego en la Academia Franz Liszt de Budapest. Se graduó en 1950. Ganó premios importantes en Ginebra, Budapest y Leipzig. Estudió también en Varsovia con Tadeusz Wronski, que la preparó para el Concurso Henri Wieniawski, en diciembre de 1952, consiguiendo el Segundo Premio ex aequo tocando el Concierto para violín y orquesta nº 1 de Karol Szymanowski. Luego fue galardonada con el Premio Estatal de Polonia. Se convirtió en la solista principal de la Orquesta Filarmónica de Varsovia, y actuó por todo el mundo con el director Witold Rowicki. En 1961 debutaría en los Estados Unidos y luego en Australia. Wanda Wilkomirska daba unos 100 conciertos al año, en las décadas de 1960 y 1970.

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En relación a las grabaciones, hay algunas de hermosísimas. Por ejemplo, tres conciertos. El de Mendelssohn, con la NDR Symphony Orchestra, dirigida por H. Schmitd Isserstedt; una versión muy curiosa del Segundo Concierto de Wieniawski, con la Filarmónica de Varsovia, dirigida por Witold Rowicki, y y una tercera con el fantastico Concierto de Szymanowski. Llegados a este punto, quisiera decir algo importante. La interpretación del Concierto de Wieniawski me ha parecido originalísima, infrecuente y bellísima. Algo insólito. Lo digo porqué este Concierto es una obra romántica y básicamente virtuosística. Pues bien, cuando lo empiezas a escuchar te das cuenta que el tempo es más bien lento e incluso tranquilo. Lo toca con cierta parsimonia. Pero el resultado final es de una belleza insólita. Muy particular.


Johanna Martzy (1924-1979)

Esta violinista húngara, nacida en Rumanía, ha sido toda una revelación para mi. Su gran momento lo tuvo entre la década de 1940 y 1950. Era discípula del gran Jeno Hubay en la Academia Franz Liszt de Budapest, donde estuvo hasta 1937. Debutó el año 1943 con el Concierto de Tchaikovsky, dirigido por Mendelberg, y en 1947 ganaría el gran Premio del Concurso de Ginebra. En Amsterdam hizo su debut en 1940, con la Orquesta del Real Concertgebouw. En 1953 tocó por primera vez en Inglaterra. Y en 1957 hizo lo propio en los Estados Unidos, con la Filarmónica de Nueva York.

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Martzy pertenecía a la escuela húngara, con un virtuosismo envolvente a la manera de los violinistas húngaros como Szigeti, Telmány o Tibor Varga, ella pero con una técnica aún superior. Tenía mucho temperamento, sobretodo con el repertorio romántico. Entre sus grabaciones, nos ha dejado especialmente una insustituible: el Concierto en la menor de Dvořák, que Ferenc Fricsay dirige a la Orquesta de la RIAS de Berlín. Además, grabó para EMI las Sonatas y Partitas de Bach, en una versión todavía muy considerada. También realizó música de cámara, como algunos de los tríos de Beethoven o el “Dumky” de Dvořák, junto a Istvan Hajdu y Paul Szabo. Pero su salud empeoró y murió de cáncer en la localidad de Glarus, en Suiza.

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Johanna Martzy grabó en pocos años gran parte del repertorio para violín. Conciertos, sonatas y música de cámara. Su vibrato era intenso y allí donde mejor se encontraba era en el repertorio romántico. Su Tchaikovsky es espléndido, però es en el Concierto de Dvořák donde da mas de si, con una impecable y preciosa versión. La obra en sus manos adquiere una grandeza enorme.

De la música de Bach que grabó, seleccionamos su grabación de la primera de las Sonatas para violín solo. Johanna Martzy tocaba con un violín Carlo Bergonzi.

¿Los directores, son secuestradores?

Estos días estoy inmerso en el tema de las mujeres compositoras. Son decenas y decenas que viven en un lugar secreto. Sencillamente, no están. Resulta realmente muy curioso lo que ocurre. Pocas, poquísimas, son divulgadas en el día de hoy, pero si que son conocidas a través de internet. Si hasta antes de la llegada de internet, eran personajes totalmente ignorados, con internet sus nombres existen, están, y muy bien representados. De entrada, todas las compositoras tienen su artículo en la Wikipedia. Son entradas relacionadas con su vida y además incluyen grabaciones. Hay un montón, de todo tipo y de buena calidad. Muchas son a cargo de orquestas de prestigio o solistas renombrados. Ha sido, pues, una grata sorpresa.

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Lili Boulanger

Querría recordar en este punto la desafortunada frase que dijo una vez el director de orquesta británico Sir Thomas Beecham: “No hay mujeres compositoras, no las ha habido nunca y nunca las habrá”. Parece que muchos directores de orquesta han seguido al pie de la letra lo que dijo este impostor. La mujer no es apta para componer, solo es válida para la música del pasado compuesta por hombres. Y así ha sido. Directores y organizadores de conciertos solo apuestan por cierto repertorio masculino, dejando fuera a mujeres e intrusos en general. De esta manera, tenemos directores que actúan como repetidores, con el beneplácito de los músicos de las orquestas, que no les gusta demasiado, en general, enfrentarse con una obra nueva. El repertorio de siempre les permite tocar con las piernas separadas y mirar la particella solo de vez en cuando. A por la obra trillada, que sabemos de memoria. ¡Fuera novedades! Conclusión: ni mujeres compositoras, ni autores desconocidos.

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Elizabeth Maconchy

SECUESTRADORES
Esta palabra es válida para definir a una gran parte de los directores de orquesta de la actualidad. No todos, naturalmente, ya que siempre hay excepciones. Pero la mayoría van a lo suyo, que es secuestrar e impedir que a nadie se le ocurra entrar en su terreno. Ellos son “el jefe” y los músicos sus vasallos. Es el director quien debe hacer su gloriosa carrera e interpretar todo lo posible el sinfonismo histórico. Lo demás, para otro día. Y la repetición se ha hecho dueña de las salas de concierto. Y los demás, ¿donde están? Los demás no están. La tierra se los ha tragado Y entonces ¿qué?, se preguntaron las mujeres. Pues haremos música de cámara, en la que no hay hombres malos. Y así lo hicieron las compositoras de buen parte del siglo XX, que decidieron escribir obras sin director, es decir música de cámara.

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Doreen Carwithen