Grazyna Bacewicz (1909-1969)

Polonia tuvo mujeres extraordinarias: Maria Sklodowska Curie, Ilena Sendlerowa (que salvó a muchos niños de la Gestapo), Agnieska Holland (cineasta), Zofia Kossak (activista), Wislawa Szymorska (Premio Nobel de Literatura), Eliza Orzeszkowa (también Nobel de Literatura)…, y Grazyna Bacewicz, violinista y compositora.

LA MÚSICA EN POLONIA
La música polaca adquirió forma romántica con Fryederyk Chopin, que debe su inspiración al folklore polaco. La tradición chopiniana dejó su huella en la escuela pianística: Josef Hofmann, Arthur Rubinstein e Ignaz Paderewski. Por otra parte y en cuanto al violín, Henrik Wieniawski fue el gran precusor. Desde 1935 se celebra un importante concurso en su memoria. El concurso de piano en memòria de Chopin ya se celebraba desde 1927.

Por lo que a la composición se refiere, destaca especialmente el compositor Karol Szymanowski (1882-1937). Tras la Segunda Guerra Mundial, los compositores polacos serán víctima de la presión política por parte de los rusos, igual como sucedía en su país. Los compositores polacos se vieron obligados a obedecer los consejos de las autoridades políticas. Varios fueron los que emigraron, como Roman Palester o Andrzej Panufnik. Otros permanecieron en el país, como Witold Lutoslawski, Grazyna Bacevich y Boleslaw Szabelski.

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Karol Szymanowski

La situación cambió en 1956, con el deshielo político. Los polacos encontrarán una nueva realidad artística y un ritmo muy rápido en el que sobresale la obra de dos compositores: Tadeusz Baird y Kazimerz Serocki, que fundaron el Festival Internacional de Música Contemporánea Otoño de Varsovia, que en poco tiempo se convertía en uno de los principales festivales de música del país. En esos años aparece la figura de Krzysztof Penderecki (1933), que impresionó por un concepto musical chocante en aquel momento, ya que introducía ruidos, sollozos, golpeteos, gemidos de sierras…

En cambio Witold Lutoslawski (1913-1994) se concentró en perfeccionar problemas de forma en un polifacético refinamiento sonoro. Pero no despojado de energia dramàtica.
Un caso particular fue Henryk Gorecki (1933-2010). Del sistema serial fue pasando hacia un lenguaje amable y tonal, cuya mejor obra fue su Tercera Sinfonía. Pero toda esta música estaba impregnada de un fondo común: el recuerdo de los terribles años de la Segunda Guerra Mundial, con la dominación alemana ocupando toda Polonia, que además se vio invadida por los campos de concentración y de muerte en varios puntos del país. Muchos músicos perdieron la vida, y los que quedaron, tras sufrir lo indecible y superar los años de deshielo, comienzaron una extraordinaria odisea compositiva, que se conoció con el nombre de la Nueva Escuela Polaca. Un gran hito fue el estreno en 1967 de la obra Dies Irae, de Penderecki, inspirada precisamente en el terrible campo de exterminio de Auschwitz. Se trata de una cantata en memoria de las víctimas asesinadas en el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. Esta obra la escuchamos en Barcelona en la dècada de 1970, y guardo un recuerdo imborrable. Los textos son de La Biblia. La composición se divide en tres partes, con una colosal explosión apocalíptica, para finalizar con un triple pianissimo de los contrabaixos.

GRAZYNA
Grazyna Bacewicz fue un caso excepcional. En el día de hoy son numerosos los recuerdos hacia la que fuera pionera de las compositoras de Polonia. Muchas calles llevan su nombre, así como escuelas, escuelas de música o centros culturales. Su formación musical fue total, como violinista, pianista y compositora. Su obra ocupa un lugar especial y se interpreta no ya solo en Polonia sinó también en todo el mundo.

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Basta escuchar su música para fascinarnos por su libertad de escritura, fresca y programàtica. El folklore de su país directa o indirectamente siempre está presente. En Polonia tuvo grandes maestros: para el violín Jozef Jarzebski, para el piano Jozef
Turczynski y para la composición con el gran Kazimierz Sikorski. Se graduó en 1932 y luego marcharía a París para seguir las clases de composición de Nadia Boulanger. El estudio del violín lo completaría con Karl Flesch. Todos sus maestros eran de origen judio y durante la Segunda Guerra Mundial, Grazyna vivió en Varsovia, con gran secretismo. Actuó como concertino con la Orquesta de la Radio Polaca. Más tarde sufrió un grave accidente de coche y, a partir de 1954, decidió dedicarse por completo a la composición.

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Fue la compositora polaca más versàtil e interesante del siglo XX. Su catalogo incluye composiciones para violín solo, violín y piano, cuartetos de cuerda, piano solo, quintetos, así como música orquestal. Su escritura es de una gran perfección, en especial las cuerdas. En su música para violín extrae unas sonoridades increïbles. Pasajes que parecen dificiles están escritos con tal conocimiento que logra simplificarlos sin perder atractivo. Publicó para varios sellos discográficos, como Chandos, Silesian, Hyperion, Deutsche Grammophon…

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Grazyna con el violonchelista Gaspar Cassadó

De su producción destacaría especialmente dos obras: el Concierto para violín y orquesta nº7. Una obra genial, de una fuerza y emoción máxima. La escritura de todas las partes es inesperada, sorprendente. Dura poco más de 20 minutos y la versión de Joana Kurkowicz es impecable. Por otro lado, el Cuarteto para cuatro violines es otra pieza totalmente novedosa. La màgia es recurrente y nunca se han escuchado cuatro violines de manera tan bella y original.



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